Cuestiones de vida

A lo lejos escuchó una canción que fue ganando intensidad y presencia en su mente. Se apoderó de su voz. Él empezó a cantarla despacio y bajo como un susurro. Se llenó de rabia. Miraba fijamente el agua y observaba atento como aquel cuerpo se hundía. Se quedó quieto.

***

Se quedó quieto observando su reflejo.

Se quedó quieto observando su rostro.

Se quedó quieto observando el rasgo de sus ojos.

Se quedó quieto cuestionando.

Recordó momentos de infancia. Los golpes, insultos, burlas y humillaciones “¿Acaso era un payaso? ¿Un juguete con el que podían hacer lo que quisieran?” se preguntaba.

Cuestionó su esencia.

Cuestionó su origen.

Sollozando y con la voz quebrada se preguntó:

–¿Quién eres? ¿Adónde vas? –

Luego de una breve pausa se limpió los ojos. Se apoyó en el mesón. Su cuerpo empezó a arder y cerró los puños “¿Qué quieres de mí?” gritó con todas sus fuerzas hasta quedarse sin aire mientras hundía sus puños, ahora ensangrentados, en el espejo frente a él.

Se quedó quieto. Tenía el aspecto de un toro presto a atacar. Su respiración era cada vez más intensa. A su vez, una gota de sangre caía. Parecía luchar contra la gravedad hasta que inevitablemente golpeó el piso. Poco a poco el suelo se tiñó de rojo.

De un golpe abrió la puerta. Salió decidido. Caminó descalzo por las calles. Sus puños aun cerrados aun sangrando dejaban su rastro. Las miradas extrañas se hicieron presentes.

Se quedó quieto al borde de una cornisa. Su alma estaba quebrada. Tarareaba una canción.

Se quedó quieto observando atento aquel cuerpo, aquella alma que se hundía. Cerró los ojos. Abrió los puños. Respiró profundo para sumergirse. Era hora de bajar el telón. Se impulsó hacia adelante. Pero algo lo detuvo. Abrió los ojos y varias personas lo contenían. “No es la hora” escuchó a alguien decir “La vida debe continuar”.

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La Carta

Mi nombre: Marina Falconés de Sierra y en caso te preguntes, no, no soy familiar del escritor. Todos me preguntan lo mismo. En realidad el “de Sierra” fue mi apellido de casada. Me separé hace unos años y sin razón alguna aún lo mantengo ni bien sé por qué.

Era un lunes por la noche. Al igual que todos los días fui a cenar al restaurante de la esquina. Para mí es como mi tercer hogar, primero es mi departamento y el segundo por obvias razones es mi trabajo. Me sirvieron la cena. Frecuentaba tanto el lugar que todos sin excepción me conocían. Hace algunos días que veo venir a un nuevo cliente. Siempre lo veo sentarse en la mesa de la esquina que tiene vista a la calle, cerca de la entrada. Con la mirada le hice un ademán a Vasco, dueño del restaurante, preguntando si sabía quién era, él sólo encogió los hombros. No tenía idea.

Algo en él llamaba mi atención, parecía una persona tranquila, sin preocupaciones. Siempre ordenaba lo mismo, una carne a la parrilla y una copa de vino. Por momentos nuestras miradas parecían cruzarse. De inmediato yo inclinaba la cabeza hacia mi plato, pero él elevaba su copa en mi dirección y asentía con la cabeza (¡Salud!). Yo a las justas y le sonreía. Así pasó un mes, entre miradas esquivas y sonrisas fingidas.

Ya era otoño, los fuertes vientos hacían y deshacían a su antojo. Un jueves si mal no recuerdo, hicieron de las suyas. Una pancarta se desprendió de no sé dónde y terminó reventando la ventana de mi sala. Ese día pedí la cena para llevar. Tenía que arreglar el asunto. Vasco que siempre me escuchaba atento, me aseguró que iría al día siguiente. Por momentos tenía la impresión que le agrada más de lo que aparentaba, pero luego desechaba la idea, cuando miraba como atendía a todo el mundo. Siempre atento y servicial. Era muy querido por todos.

Salí corriendo del restaurante. En la entrada me topé con el cliente nuevo. Cruzamos nuevamente miradas. Él me sujetó con fuerza para evitar que me cayera.

– ¿Cenarás en casa? –

Esa fue la primera vez que me habló, incluso la primera vez que lo escuché hablar. Le conté lo que me había sucedido, como si se tratase de un gran amigo y se ofreció en ayudarme. Nunca antes había invitado a un extraño a mi casa, sin embargo, tenía la rara sensación de ya conocerlo. Me acompañó al departamento, quedaba a dos cuadras. En el camino nuestros gestos y miradas eran los protagonistas. Ninguno se atrevía a hablar. Encendió un cigarro y me ofreció una piteada. No me negué a pesar de nunca haber fumado. Fue fácil predecir que terminaría ahogándome; para disimular fingí que hace mucho no fumaba. Él sólo se rio y torció los ojos atrevidamente. Listos para cruzar a la siguiente cuadra, tomó mi mano. Me sorprendió la rapidez con la que se tomaba esos atrevimientos, pero más aún que yo se lo permitiera. La sujetó con fuerza y me llevó como si fuera una niña indefensa y yo, yo me aferré a su brazo y me apoyé en él. Me sentía protegida. Parecía una quinceañera, como si se tratara de la historia de mi primer amor.

Llegamos a mi departamento. Lo invité a pasar mientras yo dejaba la cena en la cocina y sacaba lo necesario para limpiar el desastre que dejó la pancarta. Al volver lo encontré detenido frente a los vidrios rotos esparcidos por el suelo. Giró hacia mí. Tomó mi mano y la besó profundamente. Con delicadeza me quitó la chaqueta y la tiró al suelo. Luego sus manos fueron recorriendo mis brazos, desde los hombros hasta mis manos y dedos, como si evaluara una obra de arte. Me tocaba con suavidad. Una de sus manos descendió hasta mi cintura, me jaló y me presionó con fuerza hacia él. Mi cuerpo vibraba y se estremecía con cada caricia, no sé si tenía miedo de lo que pudiera hacerme o de lo que yo pudiera dejar que él hiciera. Intentaba esquivar sus miradas, pero él no me dejaba, me buscaba con deseo; hasta que con la otra mano me tomó con fuerza del cuello obligándome a mirarlo. Me perdí en sus ojos, en su aroma (dónde había sentido antes ese aroma).

– ¡El bus! –alcancé a murmurar

Él se detuvo a mirar mi rostro, dejó de ejercer fuerza y luego me tomó de nuevo. Con una pasión desbordada me besó y yo le correspondí. Me dejé llevar. Aquella noche, nuestros cuerpos bailaron de manera sincronizada, con la luna de testigo alumbrando nuestra obra. Nos entregamos totalmente. Nuestros cuerpos se fusionaron en uno solo. Podía escuchar los latidos de mi corazón a punto de explotar y una ola de fuegos artificiales dentro de mi ser sellaron el momento.

Desperté sola y un cigarro a medio consumir reposaba en la mesa de noche. Tocaron la puerta. Abrí y no recuerdo que sucedió después. No sé dónde estoy. Si tú estás leyendo esta carta y te acuerdas de mí, Vasco el dueño del restaurante de la esquina de la Av. San Andrés me tiene cautiva. Recuerda, mi nombre es Marina Falconés de Sierra ¡Por favor ayúdame a escapar!

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La habitación

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Ilustración propia

La primera vez que sucedió, él aún era un niño. En ese momento, creyó que sólo imaginaba o que se trataba de algún sueño, de esos que parecen tan reales, tan vívidos, que ponen en duda si tu vida es un sueño o viceversa. Era de noche. Mientras dormía, un frío estremeció su cuerpo, cuando una voz tal cual el canto de una sirena le susurró al oído; con dificultad pudo entender lo que decía. Abrió los ojos de inmediato.  No era un sueño y, al voltear para ver quien le hablaba; sólo alcanzó a ver una sombra arrastrándose y alejándose en medio de la oscuridad de la habitación. Los acontecimientos venideros, marcaron su vida. Las terapias y medicaciones se volvieron una constante; con el tiempo los sucesos de aquella época se fueron desvaneciendo de su memoria, hasta el punto de olvidarlos por completo.

Andrés ya es adulto, su esposa falleció al dar a luz a su hijo Mateo quien tiene ahora una edad de seis años, una edad donde la imaginación es la mejor aliada de todo niño. Una noche, su hijo entró a su habitación, no podía dormir. Andrés lo llevaba de regreso y lo acostaba. Las noches siguientes, la misma escena se repetía; al preguntarle lo que ocurría, Mateo movía la cabeza de un lado a otro en señal de negación, se mantenía callado. Cansado de lo mismo, Andrés, bajo gritos y amenazas le exigió una explicación. La mirada de Mateo transmitía miedo, su cuerpecito empezó a temblar, las lágrimas caían por su rostro y con la voz quebrantada respondió:

– Es que ella siempre me está mirando…desde la ventana siempre está mirando –

– ¿Quién? ¿De quién me hablas? Seguro es tu imaginación –le dijo incrédulo.

– Por las noches murmura en mi oído. Me dice que ha vuelto y si no la has olvidado –dijo Mateo entre llantos cada vez más inquietantes. Los recuerdos uno tras otro golpearon la memoria de Andrés. No podía creerlo, no quería creerlo, no era posible, era real. Sus pesadillas, eran en realidad recuerdos de su pasado, que fueron reprimidos por tanto tratamiento que recibió. Asustado por lo que podría suceder, abrazó a su hijo e intentó reconfortarlo. Esa noche lo dejó dormir con él.

A la mañana siguiente, llamó al cura que en su momento lo ayudó. Él llegó por la tarde. No pudo ocultar su asombro, se supone que aquella noche habían acabado con todo. Le recomendó llevar a su hijo lejos de la casa, para evitar que se repitiera la historia, como ocurrió con el hermano de Andrés. – Ella quiere su alma. Recuerda… –le dijo el cura mientras subían a la habitación de Mateo, quien se encontraba sentado en la esquina de su cama mirando hacia la ventana – Ella no quiere que me vaya –interrumpió Mateo señalando con el dedo hacia la silla de madera ubicada bajo la ventana. Andrés temeroso dirigió su mirada hacia el lugar; la silla estaba vacía. Entretanto el cura se preparaba, colocándose la sotana y bendiciendo sus implementos para dar inicio. Una brisa fría invadió la habitación, podía verse como sus alientos se condensaban en el aire. Ella estaba presente. La puerta se cerró de un golpe. La oscuridad se apoderó del ambiente. Andrés y el cura, no encontraban a Mateo, la oscuridad era tan densa, tan profunda que no alcanzaban a ver ni sus propias manos.

– ¿Mateo dónde estás? – Andrés gritaba

– Ella me tiene papi –respondió con la voz llorosa y de miedo.

Las cortinas se abrieron intempestivamente dejando ingresar un haz de luz que iluminó directamente la cama de Mateo. Ahí estaba ella, una mujer en cuerpo de niña. Su cara era delgada, con pómulos sobresalientes, dientes amarillentos y grandes ojos que se hundían entre aros oscurecidos. No tenía mucho cabello, salvo por algunos mechones que caían sobre su rostro. Con sus manos pequeñas y dedos alargados abrazaba a Mateo, apretujándolo contra su pecho. El cura daba inicio al ritual, aquel ser era muy fuerte, había cobrado más fuerza que la última vez. Andrés intentó recuperar a su hijo, pero ella no se lo permitió; con una fuerza sobrenatural, lo golpeó contra el techo y lo dejó caer.

– ¡No te llevarás a mi hijo como a mi hermano! –gritaba Andrés

Ella se abalanzó sobre él y lo tomó del cuello, privándolo casi por completo de aire. – ¡TÚ LO MATASTE! –le increpó el ser, con rudeza.

– En nombre de Dios, te exijo liberes a esta familia. ¡Yo te echo demonio! –exclamaba el cura. La mujer lo miró y lo expidió por la ventana. Los vidrios se dispersaron por la calle y él cayó en el enrejado de púas que bordeaba la casa.

Andrés aún luchaba por zafarse de sus manos; con las pocas fuerzas que le quedaban, del bolsillo sacó una navaja y la enterró en su vientre. Logró liberarse y observaba como la sangre caía de su boca a borbotones. El cuerpo cayó tendido en el suelo, el rostro de este ser se fue transformando en un rostro joven e inocente. Era Mateo; quien con su mano ejercía presión sobre su vientre y suplicaba con sus ojos por ayuda.

– Papá –fue la última palabra que exhaló antes de partir.

– Ahora ya es mío –murmuró ella en el oído de Andrés, mientras él abrazaba a su hijo implorando perdón.

Andrés despertó en un cuarto llenó de luz y paredes de color blanco. Permaneció recostado, cuando sintió un frío recorrer su cuerpo y una voz murmurando a su oído

– Volveré –.

FIN

 

Atracción con aroma a tabaco

Tabaco
Ilustración propia

Alistó su equipaje con un día de anticipación. Es una persona muy metódica, inclusive tenía un programa para cada una de sus actividades. Ya eran las ocho de la mañana y la movilidad que contrató aún no llegaba; su bus partía en dos horas. Baja casi corriendo del taxi cuando llega a la estación, la única en la ciudad, felizmente con quince minutos de anticipación; al menos ello no salió tan mal después de todo.

Sube al bus con una maleta pequeña y un morralito color camello que su hermana le había regalado en navidad. Llevaba lo necesario para los días que permanecería en el lugar. Se apresura a buscar su asiento, esperando que no hubiera nadie con quien compartirlo. Para asegurarse, había comprado el pasaje con antelación, de modo que pudo escoger un asiento ubicado en la antepenúltima fila. Eran sus asientos favoritos porque sabía bien que a muchos no les gustan esos lugares. A ella no le agrada la compañía, prefiere los viajes solitarios, mudos, sin la necesidad de verse forzada a entablar una conversación, por más pequeña que fuera. Cada viaje significa una oportunidad para reencontrarse con ella misma, escapar de la rutina y respirar nuevos aires. Al ver que no hay nadie sentado en el asiento continuo al suyo, se llena de alegría. Acomoda su maleta y toma asiento; el morral lo coloca sobre sus piernas y se queda ahí esperando que terminen de subir los últimos pasajeros para iniciar el viaje.

Por momentos eleva la mirada, impaciente por ver que no falte nadie. Se pone en alerta cada que algún pasajero camina por el corredor, inseguro sobre donde se ubica su asiento. Luego de una larga espera, escucha el escape del aire de la puerta del bus – ya es hora de partir –piensa aliviada. Cada mes es igual, es el quinto viaje que realiza y nunca nadie se ha sentado a su lado; es un viaje perfecto salvo por las seis largas horas de recorrido. Recuesta la cabeza en la ventana observando como el bus avanza y mira a lo lejos a unas cuantas personas moviendo los brazos de un lado a otro despidiéndose de sus seres queridos. Ese día hacía un poco de frío y algodones en el cielo cubren con sutileza esa esfera amarilla. En el reflejo, ve a un joven cerca de su asiento acomodando su equipaje en uno de los compartimientos –Que no se siente a mi lado, que no se siente a mi lado –murmura cerrando los ojos, como haciendo una plegaria, esperando deseosa que aquel joven se siente en otro lugar.

¡Bendita Ley de Murphy!, el joven se sienta a su lado, – que mala suerte –reniega. Él la saluda con una sonrisa y le pregunta si le incomoda que la acompañe durante el viaje. Claro que le incomoda, pero no quiere ser grosera, entonces accede de igual manera con una sonrisa. Ella continúa mirando por la ventana, buscando ignorar su presencia, sin embargo, algo en él llama su atención. Es su aroma, una mezcla de café y tabaco, como odia ella el olor a cigarro, aunque ahora es diferente, lo encuentra placentero, como si fuese una droga que la envuelve, la abraza, la cautiva en su totalidad. De pronto, su rostro está puesto en el cuello de aquel joven. Él la mira con extrañeza:

– ¿Le sucede algo? ¿Se encuentra usted bien?

– Sí claro, discúlpeme –responde ella sonrojada. ¡Lo había estado oliendo! Ni recuerda como terminó en tal vergonzosa situación.

– Señorita, señorita ¿Se encuentra bien? –volvió a preguntar, pues ella permanece quieta, sin moverse, mirándolo en silencio. Nuevamente sonrojada, da media vuelta sin decir nada. Su cara está roja como un tomate, incluso éste se queda corto a su lado. Saca un libro de su morral con el cual se cubre el rostro. En la portada se logra leer “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, uno de sus autores favoritos. Que mejor escape que la lectura para no cruzar miradas, ni palabras. Mientras inicia la lectura, mira de reojo a su acompañante. Tiene unos enormes ojos de color caramelo que al entrar en contacto con la luz del sol se tornan dorados como el sol y sus pestañas curvas, grandes y pobladas, le dan ese toque de perfección. Retoma nuevamente su lectura, lee la primera oración, luego la segunda y no entiende nada, vuelve a leer la primera oración unas cuatro veces más; le cuesta mantenerse concentrada. Su subconsciente le está jugando una mala pasada, tal parece que leer la primera página de su libro, le tomará en definitiva cien años, si continúa este jugueteo entre su razón y su voluntad.

Una mano la interrumpe, es él, queriendo abrir un poco la ventana, ya que luego de haberle pedido insistentemente que lo hiciera y no recibir respuesta alguna, no tuvo otra alternativa que hacerlo él mismo. El sobresalto, la devuelve a la realidad, ahora preocupada porque él daría por sentado que no sólo es la chica rara que olfatea a las personas, sino también que es una grosera.

Una suave brisa ingresa por la ventana, ella cierra los ojos, eleva el rostro buscando bañarse con ella y arrancar de su mente esa fuerte distracción que la sigue absorbiendo, pero todo lo contrario, el aroma de aquel joven se impone, rehusándose a ser ignorado, despedido. Ella nuevamente poseída por el aroma se acerca a él y se queda dormida sobre su hombro. Aquel joven no la rechaza, deja que se recueste en él y duerma, cierra un poco la cortina para protegerla de la luz y continuaron el viaje. Al cabo de cuatro horas, ella despierta. Falta una hora de viaje. El joven ya no está. Se limpia los ojos, se levanta un poco de su asiento y empieza a buscarlo, pero no, él se había bajado en una parada anterior. Ella se queda con un mal sabor de boca, a pesar de haber tenido diferentes oportunidades, su timidez no le permitió hablarle o preguntar siquiera su nombre.

El resto del viaje se queda pensando en lo que hubiera hecho diferente. Ya en destino, toma sus cosas y baja del bus; aún lo busca, esperanzada en verlo una última vez. Al abrir su morral encuentra una tarjeta que tiene escrito: Sebastián y un número de celular al costado.

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Revelaciones

Rev
Ilustración propia

Había una vez, una linda jovencita, tal como tú…

¡Nooo! No es un cuento de hadas, pero sí, ahí estás tú, tal vez, no tan agraciada por fuera, pero una hermosura por dentro; bueno un poco.

Al igual que muchas jóvenes de tu edad, estás rodeada de amigas, amigos, conocidos y sobretodo de una persona en particular. Es tu mejor amigo, quien no lo ha tenido alguna vez en su vida ¿verdad? Desde hace tiempo, más de un año, hacen todo juntos, salen a comer, miran películas, juegan, charlan. Es tu confidente. Frente a él, eres clara, transparente como el agua. Sabes que puedes contar con él para todo.

A medida que va pasando el tiempo, eres consciente que algunos sentimientos se han ido transformando. Un simple roce de manos, te inquieta. Los abrazos que recibes, sólo por el hecho de recibirlos, te producen cierto escalofrío, pero del bueno. Él percibe estos cambios. En más de una ocasión te pregunta si todo está bien y tú le respondes que sí, que se está figurando cosas que no son y en otras ocasiones sólo esquivas la pregunta y cambias el tema. Ni tú estás segura de los cambios que surgen en tu interior, para que complicar las cosas con simples suposiciones de algo, según tú, pasajero.

En una de sus tantas salidas, consumida por tus propias inseguridades, le haces una pregunta. Dudas al inicio, por temor a la mofa, pero es tu amigo y sabes que él nunca te mentiría y sería completamente honesto. La amistad se basa en ello ¿Verdad? Aún indecisa, jugueteas con tus manos, respiras varias veces, inicias la pregunta y te detienes. No te animas – ¡Qué difícil!- piensas. Hasta que un grito por parte de él, exigiéndote hablar te obliga a contestar rápidamente sin titubeos ni dudas.

-¿Me consideras bonita?– e inmediatamente bajas la cabeza completamente abochornada y temerosa de escuchar la respuesta que pudiera confirmar una de tus tantas inquietudes.

Él suelta una carcajada –¿Es en serio? –te pregunta y ni bien ve la expresión de tu rostro, se da cuenta que efectivamente no bromeas. Te toma de la mano, te pide perdón y promete responder con honestidad.

-¿Soy bonita? –preguntas de nuevo. Él te sujeta de los hombros, te mira fijamente y te dice:

– No eres modelo de portada, pero sí, eres bonita, sólo necesitas arreglarte más–concluye.

Por dentro se genera un torbellino de emociones, quieres gritar de la alegría –tranquila, tranquila – le sonríes y el momento se torna incómodo para ambos.

-¿Es todo? –te pregunta, quebrando la tensión del momento.

Por la noche, recostada en la cama, meditas sobre lo sucedido y en ese momento la revelación. Sí es en serio ¡si te gusta! No puedes dejar de sonreír, te cubres bajo las frazadas, tratando de ocultar tu alegría. Te sientes embriagada de tanta emoción.

Pasan los días y en tu mente cual campanario resuenan sus palabras. Nunca te has considerado ese tipo de mujer. Sin embargo, los cambios muchas veces resultan buenos ¿Por qué no? Entonces decides intentarlo. Vas y compras unos aretes, una que otra cadenita y maquillaje, colores suaves, para no perder la naturalidad. Al día siguiente de tus compras, te colocas los aretes y un poco de brillo, no deseas exagerar y prefieres un cambio lento, moderado. Te encuentras con él, evidentemente tu nuevo estilo no pasa desapercibido.

-Te pusiste aretes ¿Ves que te queda mejor? – sólo dijo eso. Al parecer esperabas algo más.

Tus amigas aplauden el cambio y como buenas amigas que son, te incentivan a ir por más y no falta aquella convencida que son el uno para el otro. Incluso crea historias de amor donde tú y él son los protagonistas. Es amor verdadero gritan todas emocionadas. Al final no estás segura si sea tan buena idea seguir alimentando tus ilusiones.

El tiempo que pasan juntos se va acrecentando, como resultado de los sabios consejos de tu grupo de amigas. El único inconveniente, es que ya no tienes idea de cómo actuar cuando estás cerca de él, cada vez te pones nerviosa, las conversaciones ya no fluyen con naturalidad. Las cosas han cambiado, él lo sabe, te pregunta y tú al igual que otras veces sigues negando que algo sucede. No es tan sencillo confesar tu amor hacia tu mejor amigo ¿Si no te corresponde? ¿Si la amistad termina? ¿Por qué arriesgarlo todo? Te cuestionas continuamente, por ello prefieres seguir callando y ocultar tus sentimientos.

Para tu mala suerte, existen personas, que prefieren hacer que las cosas pasen, es más, crean el momento, lo fuerzan, con tal de ver resultados a corto tiempo ¿A quiénes nos referimos?, ya lo sabes ¡Tus amigas! A tus espaldas deciden actuar. Van, lo encaran, lo interrogan hasta el cansancio para averiguar cuáles son sus sentimientos y si te considera algo más que una amiga. Como consecuencia la verdad salió a luz, él se dio cuenta de lo que realmente estaba sucediendo.

-¿Yo le gusto? –pregunto sorprendido. Tus amigas, pasaron el límite. Te pusieron al descubierto.

-Hablaré con ella en la fiesta –les dice, mientras les entrega una invitación y se retira.

Ellas te cuentan todo; tú sólo quieres desaparecer. Quisieras enojarte con ellas, pero no puedes. La respuesta que él les dio, hace que pienses diferente, quizás no estás equivocada y él sí siente lo mismo.

Llegó el día de la fiesta. La noche anterior no pudiste dormir bien de los nervios y creando mil historias de amor en tu cabeza. Ahora necesitas despejar la mente y prepararte para la noche. Después de probar mil atuendos, escoges el indicado. Te maquillas, te sueltas el cabello y ya estás lista. Te pones en marcha hacia la fiesta, sientes escalofríos, los nervios te consumen ante la incertidumbre de lo que pueda suceder.

La fiesta es de lo mejor, buena música, muchísimas personas entre las cuales están tus amigas y muchos conocidos pero, ¿él?, no logras ubicarlo entre tanta gente. De pronto alguien te toca el hombro – ¿Me buscabas? –era él. Das vuelta y ahí estaba, parado frente a ti con una sonrisa algo coqueta. Para ti sin duda es una señal ¡Serás correspondida!

Él saca de su bolsillo una cajita cuidadosamente forrada, toma tu mano y te la entrega. –Esto representa lo que siento por ti –dice mirándote fijamente. Luego de ello se aleja.

Una canción empieza a sonar, por lo que sucedió después, pareciera que sólo estaba presagiando el futuro. Te encuentras de pie en pleno salón. Con temor abres la cajita y en ese instante el tiempo parece detenerse y ser tú la única en el salón. Dejas de escuchar la música, lo único que escuchas son los latidos acelerados de tu corazón, crees no poder contenerlo. Muchas emociones te invaden. Sientes frío y sientes una quemazón en la nariz por el llanto que deseas evitar. Sueltas la caja, en lo que tú vuelves a la realidad, esta va cayendo lentamente y de ella se ven caer piedras y tierra, cuando por fin golpea el suelo, tal cual la canción que suena en ese momento, sientes como mil pedazos de tu corazón volaron por toda la habitación.

Levantas la mirada, tus amigas se van acercando para darte consuelo y él, a lo lejos con su grupo de amigos, te miran burlándose de lo sucedido. No permites que nadie te vea llorar, esa es tu regla, nadie te va a quebrar. Te arrodillas, recoges todo, te acercas a él y le dices –No gracias, valgo más –le devuelves la caja de regalo y partes con la frente en alto.

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Un té para dormir

Te
Ilustración propia

Terminó la plegaria, se puso en pie y se retiró sin decir palabra, sin mostrar siquiera algún gesto de despedida. Afuera se encontraban algunas personas, vecinos del lugar, nadie se le acercaba, pero no le quitaban la mirada de encima, aguardaban expectantes.

Ella permaneció quieta. Con los brazos se cubría el cuerpo y a pesar de llevar un vestido negro que le llegaba hasta la rodilla; se sentía atacada, juzgada. Al menos, su larga cabellera negra que se dejaba llevar por el viento y algunos mechones que caían libremente sobre su rostro, le daban algún sentido de protección para esquivar las miradas. Sin embargo, los murmullos, esos pequeños balbuceos, penetraban sus oídos como agujas; por más que prestase atención, no conseguía descifrar lo que decían y la incomodidad aumentaba cada vez más. Partió de regreso a casa, primero a paso lento, luego corriendo, buscando alejarse lo más rápido posible de aquel lugar. Sólo quería escarpar, esconderse…

Llegada la noche, se sirvió un té caliente, de esos que preparaba una amiga de la familia con hierbas y demás, para ayudar a calmar los nervios. Mientras lo bebía, su mirada andaba como perdida, no sabía que hacer…se sentía muy cansada, había sido un largo día. Fue a la sala, apagó las luces y se recostó sobre el sillón y al cabo de unos minutos cerró los ojos, quedando profundamente dormida.

Al despertar, el día no se sentía igual, era diferente. Hacía mucho frío. Se asomó a la ventana, estaba nublado y corría mucho viento. Un clima raro considerando que era primavera.

Fue al baño, necesitaba lavarse la cara y refrescarse. Tomó la toalla, que colgaba tan perfectamente al costado del lavamanos, la colocó en su rostro y gritó con todas sus fuerzas, buscando ahogar en ella su dolor. Luego mirándose al espejo, empezó a tocar su rostro; con sus manos palpaba y estiraba con brusquedad sus mejillas en toda dirección, dejando su cara enrojecida. Luego apoyó su cabeza en el espejo, miraba con detenimiento sus grandes ojos, aunque las ojeras parecían ser mucho más grandes ahora. Se sorprendió al ver su piel, toda pálida, demacrada y llena de cicatrices producto de su pasado.

Unos ruidos desviaron su atención. Ella se encontraba sola, salió del baño para ver que sucedía, pero nada, no encontró nada. Nuevamente escuchó unos ruidos, está vez era un grito desgarrador. Se dirigió al segundo piso. Subió lentamente, revisó cada habitación y nada; sin embargo quedaba una por revisar, la de sus padres. Cuando se asomó, vio a su padre de espaldas, acomodándose la corbata. Sintió que le faltaba el aire, se alejó corriendo y bajo las gradas a toda prisa.

-¡No! ¡No! ¡No, es posible!- murmuraba.

Una vez abajo, escuchó voces en la cocina, se acercó con temor, su madre preparaba el desayuno.

-¿Vas a comer? -le preguntó ella

No entendía lo que pasaba, las manos le empezaron a temblar, sólo atinaba a tocarse la cabeza y jalarse el cabello, tratando de comprender, buscando alguna explicación. -¡Ellos están muertos!-decía.

Salió a buscar ayuda, recorrió la zona tocando la puerta de la casa de cada vecino, pero nadie respondía. No podía respirar bien, le faltaba el aire. –Es una pesadilla -se decía a sí misma a cada instante. Tratando de convencerse de ello, volvió a su casa, segura que todo era fruto de su imaginación. Abrió la puerta, las cosas no estaban en su lugar, encontró en el suelo jarrones y vidrios rotos, libros deshojados, joyas y en particular un collar con un dije en forma de diamante, que llamó su atención -¿Qué hace aquí?-, pero lo dejó de lado para revisar el resto de la casa. Al llegar la cocina, encontró los cuerpos de sus padres tendidos sobre el suelo, ambos cubiertos de sangre, con los ojos aún abiertos y los brazos extendidos, como buscando tomarse las manos por última vez.

Ante tal escena, se dejó caer al suelo de rodillas, colocó sus manos en el rostro y soltó un grito desgarrador, igual al que escuchó cuando se encontraba en el baño. En ese instante sintió un contragolpe, abrió los ojos asustada. Estaba oscuro, no podía ver nada. No supo cómo llegó ahí, tocó todo a su alrededor y no encontraba forma de salir, se dio cuenta que estaba encerrada. La desesperación se apoderó de su cuerpo, le faltaba el aire y con las pocas fuerzas que tenía, golpeó y gritó pidiendo ayuda, pero no, nadie la auxiliaría.

El día era caluroso. La mayoría de los vecinos de la zona se reunieron alrededor de la tumba de aquella joven. Se mostraban satisfechos, no había remordimiento alguno. Habían cobrado venganza por el asesinato tan cruel y despiadado de sus ya fallecidos vecinos; no querían que alguien como ella, con sus problemas, volviera a repetir tan trágico crimen.

Sin embargo, lo que nunca sospecharon, fue que el té no había dado el resultado esperado, este sólo le provoco un profundo sueño, más no la muerte. La habían enterrado viva.

Sólo una persona se arrodilló ante la tumba, la amiga de la familia -Tuve que hacerlo – murmuró, en lo que se dibujaba una sonrisa en su cara mientras jugueteaba con su collar con dije en forma de diamante entre sus dedos.

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El último cantar del gallo

Gallo 2
Ilustración: Elaboración propia

Los primeros rayos de sol ingresan por la ventana; Felipe estira sus brazos y a duras penas puede abrir los ojos, se sienta al borde de la cama y en ese instante escucha a lo lejos una voz familiar «Imposible, no puede ser» pensó. Bajó corriendo por las escaleras y ahí estaba él, con su inconfundible sonrisa, su cabello ralo y canoso, y con ese cuerpecito, que uno no entiende cómo puede aún mantenerse en pie; era él, su abuelo.

Felipe no salía de su asombro, cuánto tiempo habría pasado, ya ni recordaba, había sido hace mucho.

-¡Abuelo! ¡Abuelo! -gritó Felipe.

-Hooola, hijito -dijo él. Mientras le daba un abrazo tan fuerte, que podías sentir los huesos romperse.

Se sentaron todos a desayunar, leche, huevos revueltos y el infaltable pan de trigo que aún se mantenía calientito. Felipe no apartaba la mirada de la cara de aquel hombre; tenía más arrugas de las que recordaba y se le veía aún más delgado. « ¿Estaría enfermo?» pensó. « Pero está lleno de energía, capaz y sólo es la edad».

-!Felipe!, hoy daremos un paseo -dijo Abu Pipe -Alístate, que el tiempo vuela y no tengo mucho.

-¡Claro que sí! -exclamó entusiasmado.

Se apresuró en terminar su desayuno y subió a alistarse. Su mamá, lo alcanzó y embadurnó su cara con bastante bloqueador.

-No quiero que te quemes -le dijo, y le plantó un beso en la mejilla.

Felipe se miró en el espejo, su cara estaba completamente blanca. «Sólo iría a la calle, no a la playa», pensaba él. «Qué necesidad había de echarle tanto bloqueador».

Se colocó el gorro y a jaloneos levantó a su abuelo de la silla, estaba muy entusiasmado, no se cansaba de repetirlo; uno lo podía ver en sus ojos, tenía un brillo especial.

Su abuelo, tomó la mano de su pequeño nieto y se pusieron en marcha.

El cielo estaba totalmente despejado, el calor se hacía sentir en cada paso que daban y por el rostro de Felipe, corrían pequeñas gotas de sudor. No habían caminado ni una cuadra y ya se sentía exhausto, quería llegar pronto a su destino. Al enterarse que primero irían a casa del abuelo, Felipe casi se desmaya de la impresión, « !la casa del abuelo queda al otro extremo de la ciudad!» se dijo a sí mismo. «Será un viaje largo, pesado y sobretodo sofocante, es ¿qué acaso me he portado mal?». Felipe, creía que era un castigo.

-¡Ánimo, muchacho! No es una penitencia -le dijo entre risas, al ver la cara de su nieto.

Eran casi las diez cuando llegaron a la casa del abuelo. Felipe entró corriendo directo a la cocina, buscando algo para beber, no podía aguantar más, el calor era insoportable y la hora y media de viaje, definitivamente no le ayudó en nada. Habían viajado todos apretados en el bus y para su mala suerte, ninguna persona se dio la molestia en abrir un poco las ventanas.

Se sirvió tres vasos de limonada que encontró en el refrigerador; tanta fue su sed, que parte de su polo se mojó. Se asomó por la ventana de la cocina que daba al patio, buscando a su abuelo con la mirada, mientras se limpiaba con la mano la boca.

No alcanzaba a verlo; salió entonces a buscarlo y no tardó mucho en encontrarlo, estaba con sus gallos, sus adorados gallos, sí que los quería más que a nada.

Con mucha paciencia el abuelo, limpió cada una de las pequeñas jaulas donde se encontraban sus gallos, les cambió el agua y les puso un poco de comida. Felipe, miraba atento la escena, «que dedicación» pensó él.

-Abuelo, ¿te ayudo? ¿Puedo alzar un gallo? -Preguntó, en lo que se iba acercando a una de las jaulas.

De pronto, se escucharon gritos, unos cuantos aleteos y el sonido de un balde metálico caer. El abuelo, no paraba de reír, era una escena graciosa; Felipe del susto, había caído al suelo y tropezado con un balde de agua, alrededor de él se había formado un pequeño charco, la comida del ave estaba dispersa, pero… ¿el gallo? ¿Dónde estaba?

Felipe, había abierto la jaula provocando que uno escapara.

-No te preocupes, el gallo está a salvo -dijo su abuelo, sin parar de reír.

Felipe, estaba molesto, para él no fue nada gracioso. Sin embargo su abuelo continuaba carcajeando pues el gallo, efectivamente sí estaba a salvo, se encontraba sentado de lo más cómodo en la cabeza de Felipe. Él se acercó gentilmente hacia su nieto, tomó al gallo entre sus brazos y lo colocó de nuevo en su jaula. Felipe, se dio cuenta y esbozó una sonrisa en su rostro. El abuelo, luego lo ayudó a levantarse y en el lavabo del pequeño patio, le mojó la cabeza y el rostro.

-¡Mis ojos, mis ojos!-gritaba mientras le caía el agua encima.

El abuelo, luego alzó una toalla que colgaba en el cordel, la colocó sobre la cabeza de su nieto y empezó a secarlo, mientras el pequeño se quedaba quieto contemplándolo, con sus grandes ojos cafés.

-¿Qué tanto miras? ¿Tengo algo en la cara?-le preguntó.

-Nooo abuelito. Te quiero mucho, sólo eso-le dijo, mientras abrazaba a su querido abuelo y se aferraba a él con todas sus fuerzas.

-Ohhh yo también te adoro, hijito. Ven que tengo algo que mostrarte-

Felipe terminó de arreglarse el cabello y siguió a su abuelo quien se dirigía al enmallado, donde estaban las gallinas revoloteando por todo lado; abrió la reja y se quedó esperando a que su nieto ingresara primero. Con cierto temor, por lo ocurrido anteriormente, Felipe ingresó lentamente cubriéndose el rostro, en caso alguna gallina loca le saltara encima.

Una vez adentro, no había tierra, jaulas, gallinas correteando, sólo un campo verde gigantesco con árboles frondosos, flores de todos los tipos y colores. El cielo, el cielo era de color celeste intenso, no era el típico color cielo que uno ve diariamente, este lugar en particular era majestuoso, te dejaba perplejo y debió serlo, Felipe sólo miraba asombrado todo a su alrededor, nunca vio algo así. « ¿Cómo llegué aquí?» pensó.

-¡Camina hijo!-exclamó su abuelo-ya te dije que el tiempo apremia y no me queda mucho-

-Abuelito ¿Dónde estamos? ¿Cómo llegué aquí?-preguntaba mientras iba caminando y admirando todo a su alrededor.

Se quedó quieto, no había respuesta a sus preguntas, preocupado comenzó a buscar a su abuelo, no lo encontraba y empezó a asustarse. Siguió caminando y a lo lejos vio como él corría detrás de unas aves, tratando de alcanzarlas, pero estás aleteaban y escapan de prisa. «Qué ágil, con la edad que tiene y corre de esa manera» se decía a sí mismo, mientras se iba acercando a él.

-¡Abuelito! Respóndeme-le insistió -¿Qué es este lugar y cómo llegamos aquí?-

-Hijito, eso es lo de menos, haces muchas preguntas. Yo adoro este lugar, es mi lugar secreto. No se lo digas a nadie, esto queda entre tú y yo-

El abuelo, logró atrapar a una de las aves, resultó que era otro de sus gallos, uno con largas plumas negras y cafés y una pequeña cresta roja. Era muy hermoso, resultó ser el gallo favorito del abuelo,  al que cuidaba y atendía mejor que a los demás. « ¡Cuántas victorias le había dado! Demasiadas, imposibles ya de contar» Pensaba mientras iba acariciando suavemente su plumaje y el ave respondía las caricias con suaves movimientos de su pequeña cabecita sobre la mano de su amo.

– Abuelo, ¿Tú gallo aún pelea?-

– No, ya está viejo- dijo con profunda pena -al igual que yo, ya no le quedan más batallas por las cuales pelear- decía esto último con la mirada perdida y ahogando el llanto

– ¿Está todo bien abuelo?-

Una vez más no había respuesta. Con una seña de la mano, invitó a su nieto a sentarse junto a él en el césped.

– Mira a tu alrededor, no existen paisajes como este, hay que aprender a admirar lo que tenemos-

-Abuelo, me asustas ¿Por qué dices esas cosas? –

Cada minuto que pasaba, Felipe seguía sin entender por qué se encontraba en ese lugar, por qué su abuelo decía tantas cosas sin sentido, « ¿Algo malo sucederá? Todo era tan confuso» pensaba mientras miraba a su abuelo. Sin duda, era un lugar hermoso, se sentía mucha paz, Felipe no había visto algo así antes.

A lo lejos el sol ya se ocultaba y ambos permanecieron en silencio admirando aquel atardecer; por la mejilla del abuelo, caía una lágrima, la cual limpió rápidamente antes que su nieto pudiera verla, ya no quería escuchar más preguntas, no quería dar respuestas ni explicaciones. Sólo quería vivir el momento con su nieto, mostrarle aquel hermoso lugar.

– Algún día, hijito, algún día muy muy lejano, nos volveremos a encontrar en este mismo lugar -le dijo, mientras se ponía en pie.

-¡Claro que me gustaría volver! –

-Soy muy feliz hijo, muy feliz, pero igual los extraño y me causa tristeza -dijo un tanto pensativo -mira la hora, ya es tarde, el tiempo apremia y no tengo mucho, ya te dije –

-¿Nos extrañas? Pero si puedes visitarnos cuando quieras y yo también puedo venir –

Suspirando y ahogando las lágrimas, el abuelo tomó la mano de su nieto y en silencio caminaron hacia la reja del gallinero. Antes de salir, metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó un anillo dorado, que tenía incrustado una piedra de un color morado muy oscuro; lo limpió con cuidado, alzó la pequeña mano de su nieto y se lo colocó.

-Cuando necesites de mí, colócate el anillo, cierra los ojos y yo volveré -dijo Abu Pipe -pero debes aprender a continuar sin mí –

Felipe guardó el anillo en su bolsillo e intentó decir algo, pero su abuelo le pidió gentilmente que no hiciera más preguntas. Salieron del gallinero y nuevamente ambos se encontraron en el jardín de la casa. Ya era tarde y estaba oscureciendo, debían tomar el bus.

Al dirigirse al paradero, empezó a llover a cántaros, felizmente pudieron alcanzar el último bus que los llevaría de regreso a casa. Por la lluvia, el regreso se convirtió en un tormentoso viaje de dos horas; el tráfico era terrible, las calles estaban inundadas y algunos carros se quedaron botados en el camino. Parecía que nunca llegarían y Felipe moría de hambre « Es verdad, no he comido nada en todo el día» pensó.

-¡Llegamos! -exclamó el abuelo mientras le daba un empujón a Felipe, quien se había quedado dormido.

Felipe, aún medio dormido, se levantó de la silla y avanzó lentamente hacia la puerta de salida del bus. Su abuelo, lo sujetaba para que no fuera a caerse y con sus últimas fuerzas, cargó a su nieto y caminando lentamente bajo la lluvia, lo llevó de regreso a casa.

Ya en casa, la mamá de Felipe los recibió con unas toallas para que se secaran. A Felipe, le cambió la ropa y le colocó su pijama para que se acostara y al abuelo, le alcanzó ropa limpia que siempre tenía en un cajón.

-Muy bien, es hora de dormir, despídete de tu abuelo -le dijo su mamá.

-No, aún no, yo quiero acostarlo y despedirme de él -dijo el abuelo, en lo que acompañaba a Felipe a su dormitorio.

-¡Siiiii! Que mi abuelito me acueste -gritó con felicidad

-Sé que no ha sido un día de diversión como los que solíamos tener, pero sólo quería que vieras mi nuevo hogar –

-Lo sé abuelito, todo ha sido muy raro. No quiero que te vayas –

Él acarició el rostro de su nieto, luego tomó sus manos con fuerza y lo abrazó, un súper abrazo de oso, como decían.

-No puedo quedarme por siempre hijito – dijo mientras las lágrimas caían por su rostro -debo partir, ya no me queda tiempo, hay un bus que debo tomar –

-Abuelo, te quiero. Ojalá y nunca te fueras –

-Yo igual, mi pequeño. Ahora cierra los ojos – concluyó.

Felipe cerró los ojos, fingiendo dormir. Ni bien escuchó que la puerta de la casa se cerraba, dio un brinco de la cama y se acercó  a la ventana; a lo lejos veía como su abuelo se alejaba y como su ropa iba cambiando de color, ahora era blanca.

Un bus también de color blanco, esperaba. Su abuelo antes de subir, volteó y se despidió por última vez de su nieto. Felipe, lo vio subir y junto a él estaba su gallo al cual escucho por última vez cantar. Lentamente el bus se fue alejando, en ese instante el pequeño sintió como todos los músculos de su cuerpo empezaban a tensarse, una pequeña tembladera lo invadió y al mismo tiempo pudo sentir una fuerte presión en el pecho. La garganta se le hacía un nudo, luchaba con sus fuerzas para que su corazón no se quebrara, pero ya era tarde, no pudo contener más.

A lo lejos, escuchaba unos gritos…

-¡Despierta! ¡Despierta! Vamos a llegar tarde -le gritaban

Intentaba abrir los ojos, pero los rayos de sol por la ventana, caían directo sobre su rostro. Estaba en su cama y era de día « ¿Cómo llegué aquí? ¿Fue en sueño?» Se levantó asustado sin entender, apoyó su cabeza sobre las manos intentando despertarse del todo y comprender lo que había sucedido.

-¡Llegaremos tarde a la misa! -gritó su mamá -ya son cinco años ¡Apúrate! –

Era cierto, ya habían pasado cinco años desde su partida, él ya no estaba.

Sobre su mesa de noche, tenía una fotografía de aquel viejecillo, la tomó con cuidado y debajo de la misma, encontró el anillo, que por mucho tiempo había usado. Terminó de alistarse y antes de salir, alzó el anillo y por primera vez en mucho tiempo decidió no colocárselo. Era tiempo de dejarlo ir.

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En pausa

La creatividad no surge al momento, se dá de forma inesperada, toma tiempo trabajarla.
Muchas veces, sólo queda plasmada en el papel, solitaria. Pero ello no significa quedarse detenida o darse por conclusa, permanece quieta, en pausa, esperando brillar.

A velocidad

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Sientes el viento soplar en tú rostro. El sol está en todo su esplendor, pero no quema, ni sientes calor.

En el carro suena una de tus canciones favoritas. A medida que el ritmo va cambiando, vas aumentando la velocidad, alimentando así, tus ansias de libertad; sientes la adrenalina recorrer todo tu cuerpo, puedes incluso oír tú corazón palpitar.

Todo da vueltas en tú cabeza – ¿Fue lo correcto?- te preguntas, dudas por un momento y te ves tentado a regresar. Pero no, es tú momento. La decisión ya está tomada -no hay retorno- te dices una y otra vez. No piensas volver.

Viajas sin rumbo, sin importar el lugar de destino. Sólo quieres escapar y encontrar alguna luz en medio de la oscuridad. Así continúas tú camino, se siente bien ese momento de libertad.

Una tarde de primavera

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Ya son casi las seis y aún no oscurece, se ve que es primavera. A lo lejos, se escucha el cantar de algunos pajarillos y los ladridos de uno que otro perro del barrio.

Se percibe cierta calma, paz y a través de la ventana, ocultándose en el horizonte se observan los últimos rayos de sol, un sol imponente, de fuerte color rojizo, de aquellos atardeceres típicos de la temporada.

En medio del silencio, él entra lentamente a la habitación, arrastrando sus pequeños pies; se detiene por un momento en la enorme ventana, contemplando tan bello espectáculo, pero su rostro pareciera no inmutarse ante ello. Piensa por momentos ser como el sol, brillar ante el mundo, sin barreras que lo contengan y al mismo tiempo ocultar su alma como cuando llega el atardecer.

Decide cerrar una de las cortinas, no quiere ser visto, pero tampoco quiere quedar a oscuras, le causa temor. Se sienta en la cama, encoje y abraza sus piernas y apoya el mentón en sus rodillas. Su mirada parece perdida, puede verse la tristeza en sus ojos y lágrimas, buscando con fuerza no caer y mantenerse firmes.

Su instinto de aventura, fue opacado por el grito sin sentido de quien debiera alentarlo a alzar vuelo y creer en imposibles. Pues la mirada de un adulto no es igual a la de un niño, a medida que crece va perdiendo la capacidad de ver la magia del mundo.

Él tan sólo tiene cinco años y ya se siente incomprendido con sus alas limitadas. Sin embargo al ver de nuevo a su mamá, la abraza y por fin deja caer sus lágrimas contenidas. La abraza con más fuerza, mientras ella siente culpa y promete una vez más cambiar, dejar los miedos atrás y dejarlo ser niño, dejarlo volar.